Fundación Alfredo Gogna 

Textos

 

 

El amigo pintor

Una versión de Alfredo Gogna

Por Julio Ferdman

Ha terminado el tiempo en que los artistas podían pensar que el pueblo les exigía: ‘Muéstrennos que están con nosotros’. El llamado tiene un sentido muy diferente, si se lo entiende bien, y quiere decir: ‘Muéstrennos que son como nosotros, y lo que nosotros tenemos adentro, también lo tienen ustedes’.
No existen dos líneas para el esfuerzo humano –una en la cual los hombres harían la historia y otra en que los artistas harían el arte– se confunden y se conjugan las dos en una voluntad similar de modificar el mundo y de fundar una realidad que no se encubra más con los colores de la mentira.
     Jean Marcenac


“Los hermanos videntes” es el título de una antología de escritos sobre el arte armada por Paul Eluard. Por si no lo recuerdan, diré que su nombre obedece a la costumbre de llamar así a los hombres casados con mujeres ciegas, cuyos ojos, entonces, pertenecían a los dos.
Por algunos pintores solemos sentir una gratitud similar a la que los buenos hombres inspiran. Pintoreas que se nos aparecen enteros: esos que nuestro gusto y sentido crítico suele llamar pintores de verdad.
En realidad, pienso que se trata de pintores afortunados: que logran cosas, objetos, que nos muestran lo invisible.
De Alfredo Gogna puede decirse que se trata de un pintor afortunado, un pintor que ha logrado hacer que su destino personal y el de la pintura, coincidan sin fisuras, como la mano en la mano.
Por eso es posible entrever, pienso, en su obra, una forma de pensar, por y en la pintura, una forma de conocer, en suma, que hace de su pintura un caso único y, a la vez, un ejemplo.
Un caso único como lo es la obra de todo creador; un ejemplo, porque en su pintura asoma la marca del sitio donde se gestó: sus cuadros cifran la potencia latente de su contexto.
En el caso de Gogna, eso que llamamos contexto, la suma de aspectos físicos, sociales y culturales que lo envuelven, se llama Santiago del Estero: un lugar al norte de Argentina, un lugar al Sur de Sudamérica.
Poco nos costaría decir, que estas tierras, que fueron alguna vez tierras del Inca y a las que llegara un día Europa y la Iglesia Católica de la mano de España, espera que el sentido verdadero de la comunión encarne de una vez en su historia y oriente su destino en la dirección de una ilusión colectiva capaz de convertirse en el ideal de un pueblo.
Durante la Colonia, y esta vez sí para siempre, se funden dos culturas. En el encuentro, el barroco se hace mestizo, pero el arte indígena no encontrará más, en sus emergencias, el orden de un mundo que lo hizo nacer.
Occidente, trae su razón y su lógica; así como los árabes, según parece, llevaron Grecia a Europa.
Occidente organiza al mundo por la palabra; pero la palabra da en otro blanco esta vez; un indio, un indio que da su oro por ella; un indio cuya imaginación mítica lleva no obstante a la palabra por otros caminos, hacia una zona sagrada, que a lo mejor terminó por seducir a los españoles, que nunca lograron del todo a echar el pie a tierra. El español combate igual; triunfa e impone de todos modos sus leyes y sus reglas. Disuelta la ilusión del Inca, una fractura en la historia hiende la tierra, el orden civilizador no se recompondrá ya más, los nuevos territorios vivirán en un perpetuo ciclo de fundación y de frustración y el pulso caliente de América Latina, latirá ahora al ritmo de una promesa; en la historia, ya se sabe, hay continuidades que no perciben.
Alfredo Gogna nace en Buenos Aires. Temprano, siente el llamado, y obedece. Sabe que su compromiso es con la pintura. Como pintor, antes de enamorarse del paisaje o de la historia, se ha enamorado de una tela, de un color o de un dibujo. Camina sus primeros pasos junto a Marcos Tiglio y a poco andar, hace sus valijas y parte. Sabe a dónde va; sabe lo que busca; pero no sabe a dónde queda. Su lucha será la del pintor. De ese pintor del cual nos hablan los pintores; el personaje al cual buscan encarnar para andar su vida por la pintura. Aquel que se sorprenderá siempre, al descubrir ante la crítica de su obra, de cuantas palabras puede estar hecho el camino que va de los ojos al corazón. Aquel que en Occidente por lo menos, sabe que ocupa un lugar entre el derecho y el revés de la palabra. Aquel que sabe que entre los pliegues de la mente, hay lugares o momentos en los que la palabra se distrae, se confunde. Aquel que reconoce, con el mago y el creyente de la tribu, que entre esos pliegues, recupera su fuerza la visión, que apenas atenuada la luz de la conciencia, la palabra y las formas del significado que ella atribuye, pierde pie, hace agua; y que los nombres que le sirven para designar el árbol, la mujer o la silla, se ablandan y conmueven en otras aventuras de la imaginación. Es por eso tal vez que Occidente, que ha roto con los procedimientos del mito y de la magia, se haya reservado los del arte, en cuyos territorios es posible ejercer otra forma de conocimiento y alcanzar la verdad.
Alfredo Gogna, que ha emprendido el viaje, encuentra el rumbo. Así llega a destino; al lugar de donde ya no se moverá. Ese lugar es: Santiago. Allí, encandilado, clava su caballete en la tierra; se ha plantado. La luz lo ha cegado; y la ceguera le ha devuelto la luz. El pintor ha encontrado su sitio. El guerrero, su puesto de combate.
Ahí están, en crudo, la tierra seca, algunas voces quechuas que todavía se escuchan, la leyenda popular. La información y la moda actúan por ausencia. Cuentan el sol, que es todos los colores, la música, que brota entre las pencas y el río, que pasa sin cesar. Conocido más por lo que le falta que por lo que en verdad tiene, Santiago será el sito donde al pintor, el conocimiento le será develado. Lenta, trabajosamente, a fuerza de mucho pintar y pintar.
Hay dos momentos de regular frecuentación en la pintura de Alfredo Gogna. El retrato es uno de ellos. El otro es el paisaje. Ambos son dos polos en el periplo constante de su práctica. En ese recorrido, nuestro pintor realizará todas sus operaciones sensibles. La espiral de su experiencia, plástica y vital. En su caso, decir retrato resulta más claro que decir figura, ya que la figura, humana o no, cualquiera sea el motivo a través del cual se enlaza con su deseo, viene a posar para él, queda retratada en la tela. La tela detiene a la figura, la reconoce. Pero se obstina en no dejarse atravesar. La línea, el dibujo, por lo general, tiende a contenerla.
Muy pocos son los casos como este, en el que el claroscuro contribuye a dar la sensación de una presencia que quisiera prescindir de la pintura, abandonar el plano, proyectarse más acá. En todo caso será Gogna el que trate de internarse más allá.
En el retrato, o mejor dicho durante el retrato, Gogna negocia un pacto con la semejanza con la apariencia. Con uno de los aspectos de lo que puede llamarse principio de realidad. Los términos del contrato, aprueban la presencia de la forma, humana en estos casos, siempre y cuando los personajes, reconozcan que no poseen ningún privilegio sobre la superficie del cuadro, dominios en los que el pintor ejerce su derecho a pintar.
Gogna, el pintor, está en proceso y por eso su pintura somete a proceso no sólo a los materiales, sino también a los principios que estructuran su realidad, es decir, su imagen de lo real.
Así, con la mujer, puede sucederle -en algunos casos como en estos que estamos viendo-, que la pintura conserva no sólo la marca del pacto con la apariencia, sino también, la huella de su discusión. En otros casos, que la figura y el pintor coinciden sobre la tela, prestándose a un juego de representaciones casi teatral, donde la semejanza queda a cubierto tras lo que pareciera querer ser rasgo de estilo en nuestro pintor. Otros casos, sin embargo, como el de este cuadro temprano, han debido poner a Gogna en alerta. La figura parte del dibujo y aspira a la escultura. Cuando el pintor se da cuenta ya es demasiado tarde, demasiado fuerte su presencia y no queda sino poner sobre los hombros, el rostro de la verdad.
Más acá de la ironía, y a propósito de la mujer, con la que con poco esfuerzo podemos simbolizar la tierra, vemos esta figura, que se afirma también en su solidez material, de la que Gogna, exhibe lo fecundo, pero no su posible identidad.
No es casual que estas figuras, sean más recientes que la mujer que muestra los dientes o que la que esconde su rostro y exhibe su fecundidad. Si acaso logra Gogna la conquista de la afirmación de su pertenencia a la tierra que le ha dado la fuerza para pintar, será no sólo por su pintura sino en su pintura, y es en sus propios medios, donde la deberíamos rastrear.
Aquí, más allá de la amenaza o la ironía que esa sonrisa pueda inspirar, podemos notar, que la figura, apoyada en un plano circular, cuya representación responde a las prescripciones de una perspectiva que nos hemos habituado a aceptar como natural, es decir, que hemos incorporado a nuestro hábitos y nuestra forma de nombrar, lo mismo que la luz, aunque en este caso esté algo acentuada por la lámpara del fotógrafo.
En este otro retrato, que ya vimos, lo compacto de la figura, está prolijamente acentuado por el fondo prismático cuadrangular que la envuelve y la contiene.
La pintura de Gogna, complicada en sus comienzos por el impacto con lo real, es todavía permeable a la anécdota, a la leyenda; y aun luchando por imponerle a la semejanza la fuerza de su trazo y el golpe de su color, es todavía presa relativamente fácil de la palabra ya pronunciada que, de antemano, le puede mostrar. El sentido de su rebelión constante, cobra cuerpo, entonces en la conquista de su propio espacio, el espacio de la libertad.
En su taller se debate contra la representación de las cosas, contra la vuelta a presentar las cosas. Si deja que los objetos trepen a la tela, es a condición de que contribuyan a tramar la gestión del otro espacio. Monta escenas, mezcla figuras con objetos ordinarios y así el sistema de diferencias del que se sirve la palabra para actuar desde el lenguaje, en su pintura, comienza a desmoronarse. Ahí donde se afirma el color, la pintura como tal, aparecen otras correspondencias. No es ya la semejanza, sino la similitud, la que va ocupando su lugar.
El paisaje le ha servido a Gogna hasta ahora, para adiestrar su paleta, situar la figura y darse a sí mismo la imagen de una situación real. Y no es poco; bajo el sol de Santiago, muchos ojos se han perdido. Poco a poco, sin embargo, lo visible, lo simplemente visible, deja de ser el pretexto de un rechazo que se produce ya sea por la máscara o por el disfraz, y el paisaje, ya no sólo es las distintas alternativas del follaje, de las pencas, del río o el arenal, sino el punto de partida de nuevas relaciones en el otro paisaje que está gestándose. Ahora, las pinturas de Gogna irán conquistándose unas a otras y extendiendo el territorio de su propia verdad.
En este proceso, en este vertiginoso proceso, en esta vertiginosa aventura, las figuras y el pintor han vivido otra cosa, han conocido otra cosa. Por eso es que las figuras se sueltan, se liberan, y aunque siempre habrá lugar para el retrato, para una vuelta al compromiso con la imagen de lo humano, la figura, como en este caso, estará apoyada, inmersa en un ámbito que ha sido enriquecido por la experiencia de un paisaje generado en un espacio ya distinto, en el que otros seres, no necesariamente previstos, seguirán naciendo y seguirán interrogándonos acerca de lo invisible que el pintor ha sido capaz de mostrar.
El pintor, que ha pintado entre la tela y la tierra, ha obtenido su reconocimiento, y el derecho a atravesar la superficie del cuadro y trabajar también del otro lado.
Gogna ha cumplido. La iniciación del guerrero ha terminado. Ha conquistado su sitio en la tierra y por ello, la tierra.
Ahora, si quiere, puede irse.
Su pintura, pertenece Occidente.
Su aventura a Santiago.-


 

 
 

Fundación Alfredo Gogna

 

Varios aspectos de la vida de Alfredo Gogna tornan imprescindible la existencia de una fundación a su nombre, y no sólo se trata de la conservación de su obra, sino también en la defensa de las enseñanzas dejadas a través de su personalidad, que ha transmitido a quienes lo conocieron, el amor por la dignidad, el apego a la lectura, al arte, etc.; a través de su tarea docente, ya sea directamente de la Academia Nacional de Bellas Artes del Norte "Juan Yapari" de la cual es uno de sus fundadores y desde la que tuvo una fundamental influencia en los artistas plásticos actuales de la provincia, o indirectamente, por medio de su obra, transformando el arte de Santiago del Estero, modernizándolo, colocándolo en paralelo de las corrientes artísticas nacionales, transformándose así en una figura clave del desarrollo del arte actual de la provincia.

A través de su talento artístico, reconocido a nivel nacional e internacional, ha dejado en sus obras, un legado de valor incalculable, la cual debe ser difundida, a través de la Fundación, por medio de exposiciones, libros, folletos, charlas, debates, etc.
Al realizar este trabajo, la Fundación no solo cumplirá con la difusión de la obra de Alfredo Gogna, sino también de su modo de ver el arte y la vida, generando, de este modo, una tarea cultural de envergadura y permanente.

 

 

 Biografía

 

Alfredo Gogna

 

1930_ Nace en Tandil, provincia de Buenos Aires.

1943_ Se instala en Bs. As. Inicia sus estudios de Dibujo y Pintura en el Instituto Bernasconi, con Ester F. de Feldman.

 

 Actividades

 

Exposición en Galería Espacio Arroyo 2011

 

Exposición en Galería Espacio Arroyo 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gundación Alfredo Gogna
 

Alberto Riggi Nº 364
Barrio Jorge Newbery
Santiago del Estero, 4200

 

(+54) (0385)434-0166
info@fundaciongogna.org